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EL LENGUAJE DE LA VIDA

En el maravilloso cuaderno de Villard de Honnecourt, maestro de obras francés del siglo XIII, el águila demuestra esconder el diseño de una estrella de cinco puntas, la oveja que pace es la suma de un rectángulo y un triángulo, y la agilidad de un galgo se articula en tres triángulos. En Japón, a principios del siglo XIX, el genial Katsushika Hokusai publica su manual de dibujo donde invita a ayudarse de regla y de compás. La geometría permite que los animales dibujados ganen credibilidad en sus movimientos. Tiene un encanto especial el diseño de su chorlito marino, volando sobre las olas. Tres ángulos agudos, por las alas y el cuerpo, dos secciones circulares definiendo el vuelo.
La cámara fotográfica, con disparos secuenciados, permitió a pioneros como Marey o Muybridge descomponer el movimiento, descubriendo, por ejemplo, el complejo movimiento de los caballos al galope, en nada parecido al modo con que, estereotipadamente, solían representarse las carreras hípicas. Ese prodigio de la naturaleza se debe a los huesos y a las articulaciones, que como mostraba Hokusai en sus dibujos, son un sistema de segmentos, puntos de corte, vértices y arcos. Los trazos circulares expresan un dinamismo en potencia. Jugando con el tiempo, el famoso perrito de Giacomo Balla multiplicaba sus patas traduciendo lo recto en circular.
Luis Cortés es heredero de estos artistas que radiografiaron el movimiento, que tradujeron en geometría su fascinación por los animales. Recuerdo los primeros encuentros en Zaragoza con sus esculturas articuladas, recuerdo, sobre todo, aquella exposición del lejano 1994 en la galería de Fernando Latorre. Un paseo por el canal se convertía en la excusa para el descubrimiento de las maravillas de la naturaleza más próxima y humilde. Su trabajosa recreación de articulaciones, tanto en plantas como en animales, con un ánimo de relojero, o de fabricante dieciochesco de autómatas, hacía reflexionar, sin duda, sobre el increíble legado de la naturaleza y sobre su fragilidad.
Las obras de los últimos años, depurando los procedimientos, insisten en conceptos parecidos, pero optan por aislar cada ejemplar, estudiar por separado animales vertebrados, buscando una abstracción mayor, buscar algo así como el mínimo de los elementos que definen cada especie, resolviendo cada problema con un máximo de 18 piezas. Una suerte de arca de Noé en madera DM, aislando el ADN cinético.
Como pasos previos, se encuentran sus dibujos, y plantillas elaboradas con cartulina. Con unos y otros ha producido animaciones. Me gusta especialmente la que protagoniza su gorrión, al que veo emparentado con el chorlito de Hokusai. A fin y al cabo, el vuelo es, entre los movimientos de los animales, el que más maravilla al hombre.
La posibilidad del movimiento hace de cada obra una infinidad de esculturas. Esta infinidad está ya en potencia, pero la cámara permite demostrarlo. La estrategia de la animación (stop motion) hace que esa capacidad cinética se visibilice en el tiempo, a través de vídeos que atrapan al espectador. De algún modo se nos devuelve a la infancia, a la sorpresa de ver andar a un perro, encabritarse a un caballo.
Debemos entender, dejándonos seducir por estas obras, que los animales poseen un alma, siendo la condición y señal del alma el movimiento. Los modelos ideales, parece decirnos Luis Cortés, no son imágenes fijas, estructuras rígidas, sino un lenguaje, del que articulaciones y huesos serían reglas y signos, una poética entendida como cinética, la posibilidad de infinitas sorpresas. La vida se parece así a la música.

Alejandro J. Ratia
Zaragoza, diciembre de 2021

THE LANGUAGE OF LIFE

In the marvelous notebook of Villard de Honnecourt, a French master builder of the 13th century, the eagle proves to hide the design of a five-pointed star, the grazing sheep is the sum of a rectangle and a triangle, and the agility of a greyhound is articulated into three triangles. In Japan, at the beginning of the 19th century, the brilliant Katsushika Hokusai published his drawing manual where he invited the help of ruler and compass. The geometry allows the drawn animals to gain credibility in their movements. It has a special charm the design of his sea plover, flying over the waves. Three acute angles, for the wings and the body, two circular sections defining the flight.

The photographic camera, with sequenced shots, allowed pioneers such as Marey or Muybridge to break down movement, discovering, for example, the complex movement of galloping horses, in nothing like the stereotypical way in which horse races used to be represented. This prodigy of nature is due to the bones and joints, which, as Hokusai showed in his drawings, are a system of segments, cutting points, vertices and arcs. The circular lines express a potential dynamism. Playing with time, Giacomo Balla's famous puppy multiplied his legs, translating the straight into the circular.

Luis Cortés is heir to these artists who x-rayed movement, who translated their fascination with animals into geometry. I remember the first encounters in Zaragoza with his articulated sculptures, I remember, above all, that exhibition in the distant 1994 at Fernando Latorre Gallery. A walk along the canal became the excuse to discover the closest and most humble wonders of nature. His laborious recreation of joints, both in plants and animals, with the spirit of a watchmaker, or an eighteenth-century manufacturer of automatons, made us reflect, without a doubt, on the incredible legacy of nature and its fragility.

The works of recent years, refining the procedures, insist on similar concepts, but choose to isolate each specimen, study vertebrate animals separately, seeking greater abstraction, seeking something like the minimum of the elements that define each species, solving each problem with a maximum of 18 pieces. A kind of Noah's ark in MDF, isolating the kinetic DNA.

As previous steps, there are his drawings, and templates made with cardboard. With both of them he has produced animations. I especially like the one starring his sparrow, which I find related to Hokusai's plover. After all, flight is, among the movements of animals, the one that most amazes man.

The possibility of movement makes each work an infinity of sculptures. This infinity is already in potential, but the camera allows us to demonstrate it. The animation strategy (stop motion) makes this kinetic capacity visible in time, through videos that catch the viewer. Somehow we are brought back to childhood, to the surprise of seeing a dog walk, a horse rearing.

We must understand, allowing ourselves to be seduced by these works, that animals have a soul, the condition and sign of the soul being movement. The ideal models, Luis Cortés seems to tell us, are not fixed images, rigid structures, but a language, of which joints and bones would be rules and signs, a poetics understood as kinetic, the possibility of infinite surprises. And so life is like music.

Alejandro J. Ratia